TRAUMA PSICOLÓGICO

Susana Zazo Díaz | Psicóloga General Sanitaria

El trauma es un estado psicológico consecuencia de haber vivido una situación altamente estresante y con un fuerte impacto emocional (traumática), de la que la persona no puede escapar y que desborda su capacidad de afrontamiento y adaptación. Hablar de trauma implica hablar de herida. La Real Academia Española de la Lengua lo define como un “choque emocional que produce un daño duradero en el inconsciente” y como “una emoción o impresión negativa, fuerte y duradera”.

Los sucesos traumáticos marcan profundamente a quienes lo padecen, generan sentimientos de indefensión e inseguridad y dejan a la víctima en una situación de vulnerabilidad, al ser incapaz de abordar por sí mismo lo ocurrido.

Existen diversas situaciones que pueden provocar daño psicológico, en realidad todas aquellas que suponen una amenaza para la integridad física o psicológica de la persona.  Algunas de ellas son experiencias que todos vivimos en algún momento, como la muerte de un ser querido, la pérdida de una importante amistad o una ruptura sentimental. Otras son experiencias menos visibles, que pasan más desapercibidas para el observador externo pero que tienen el mismo impacto, como el abuso y el acoso psicológico, la violencia de género, el abuso en la infancia el maltrato en cualquiera de sus formas o la extorsión, entre otros.

El alcance del daño provocado por una experiencia traumática dependerá de las circunstancias que rodeen al evento traumático, como la gravedad del suceso, su carácter inesperado, la vulnerabilidad de la víctima, la concurrencia con otros problemas, el apoyo social percibido por la víctima y los propios mecanismos de afrontamiento de que disponga.

El trauma impacta en el cerebro, en la mente y en el cuerpo, provocando cambios a nivel fisiológico, cognitivo, emocional, social y espiritual.

EL CEREBRO EN EL TRAUMA

El trauma produce cambios fisiológicos en el cerebro.

El cerebro continuamente está procesando la información que le llega a través de los sentidos. Estas sensaciones convergen en el tálamo, donde se procesa e integra en una experiencia coherente. Después las sensaciones van en dos direcciones: hacia la amígdala para interpretar su significado emocional y hacia los lóbulos frontales, llegando a nuestro conocimiento consciente.

La información que llega a la amígdala ocurre de manera prácticamente inmediata. Si ésta detecta una amenaza, envía señales al hipotálamo y al tronco cerebral para secretar las hormonas relacionadas con el estrés, como el cortisol y la adrenalina y se activan una serie de respuestas fisiológicas instintivas a nivel del SNA para defenderse. Según evalúe de manera inconsciente su seguridad serán de lucha/huida/defensa o de congelación o parálisis.

Como la amígdala procesa la información que recibe más rápidamente (milisegundos) que la parte frontal del cerebro, decide si la información entrante es una amenaza para nuestra supervivencia antes de que seamos conscientes del peligro.

Si los lóbulos frontales evalúan la situación como no peligrosa se desactiva toma el control y el cuerpo vuelve a su estado normal. Pero cuando hay una activación excesiva de la amígdala, como ocurre en las experiencias traumáticas, se rompe este equilibrio, desconectándose los lóbulos frontales e inhibiéndose la activación de otras áreas cerebrales necesarias para procesar, almacenar e integrar adecuadamente la información entrante, como el hipocampo y el tálamo.

¿QUÉ OCURRE DURANTE LA EXPERIENCIA TRAUMÁTICA?

Durante la experiencia traumática el lóbulo frontal deja de funcionar en parte  y el cerebro emocional se hace con el control.

Como resultado, “las huellas de la experiencia traumática no se pueden organizar como narrativas lógicas y coherentes, sino como huellas sensoriales aisladas, fragmentadas y emocionales: imágenes, sonidos, olores y sensaciones físicas asociadas a intensas emociones negativas” (Bessel van der Kolk, M.D.). Dicho de otra manera, el suceso traumático no puede registrarse y organizarse adecuadamente ni, por tanto, integrarse en el cerebro como una experiencia más de nuestra autobiografía. Por el contrario, quedan grabados provocando fuertes síntomas de angustia y terror.

¿Y DESPUÉS?

Tras el trauma, la persona experimenta una alteración en su sistema nervioso y en la percepción del riesgo y la seguridad.

Los análisis en laboratorio de lo que ocurre en el cerebro durante un episodio de flashback muestran que la amígdala se activa como si el suceso traumático estuviera sucediendo de nuevo, desencadenando el mismo torrente de hormonas del estrés y las mismas respuestas del SNA para gestionar la amenaza. Es decir, ante cualquier estímulo que el cerebro asocie a la experiencia traumática (un olor, un sonido, una imagen…) la amígdala se activará como si la experiencia estuviera teniendo nuevamente lugar y parte de la corteza frontal, que permite evaluar adecuadamente lo que ocurre y tomar decisiones, se desactiva.

De esta manera, el hecho traumático interfiere significativamente en la vida de la persona a nivel psicológico, relacional, cognitivo y emocional. Incluso mucho tiempo después de la experiencia traumática, esta parte puede activarse a la menor señal de peligro y provocar fuertes reacciones emocionales y somáticas.

Por su parte, el tálamo, que en circunstancias normales actúa como un filtro de la información, deja de funcionar correctamente y no distingue la información ambiental relevante de la que no lo es, de ahí que las personas con Trastorno de Estrés Postraumático presenten dificultades de concentración, atención y memoria, además de una sobrecarga emocional constante.

¿EL TRAUMA SE SUPERA?

Ante la pregunta de si se puede superar un trauma emocional la respuesta es .

La terapia psicológica ayuda a la persona a reprocesar la situación traumática para que pueda ser integrada y archivada adecuadamente en el cerebro y en su biografía. Empleando las palabras de Bessel van der Kolk, uno de los mayores expertos en esta área, el trauma se superará “cuando las estructuras cerebrales que quedaron fuera de combate durante la experiencia original estén de nuevo conectadas”.

El tratamiento del trauma debe abarcar el cuerpo, la mente y el cerebro.

En Consulta Goya disponemos de psicólogos y psiquiatras especializados en trauma psicológico y estrés postraumático. Evaluamos el daño psicológico desde una perspectiva que va más allá del síntoma, atendiendo las dinámicas y procesos subyacentes que están alimentando o manteniendo ese daño y ayudamos a cada persona a afrontarlo y sanar el daño psicológico que pueda tener.

El reto del tratamiento del trauma no es sólo que la persona su mente, su cerebro y su cuerpo aprenda a afrontar e integrar lo vivido, restableciendo el equilibrio entre los cerebros racional y emocional, sino que la persona sea capaz de volver a vivir de forma completa en el presente, que recobre la autoestima, la confianza en el mundo y en los demás, que restaure el sentido de seguridad fiable y, en definitiva, que pueda vivir segura en la realidad del presente.

La terapia para el trauma es fundamentalmente psicológica, pero en ocasiones las personas se ven tan desbordadas que es aconsejable iniciar un tratamiento psicofarmacológico complementario que potencie el tratamiento psicológico.

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